La imagen de la bisabuela materna se pierde en la noche de los tiempos a pesar de que murió longeva cuando yo ya contaba con 11 años. Pero para mi madre fue una imagen potente y decisiva. Castellana de Béjar, recia y seca de carácter, llega a Vigo con ocho hijos, una madre mayor, todavía más afirmativa que ella, y un marido del que solo sé que estuvo en la guerra de Cuba y que acabó como músico de la orquesta municipal de Vigo. El propósito inicial que les lleva a venirse desde tierras castellanas abandonándolo todo para no regresar jamás, lejos del miserable trabajo en una industria textil, no es otro que el de embarcar a las Américas. Pero la emigración transatlántica no se lleva a cabo porque mi tatarabuela, la matriarca mayor, cuando vio los barcos en el puerto y el mar por primera vez, toma una decisión firme: no subir. Finalmente, nadie se va.
Mi madre me hizo saber que mi bisabuela entraba en cólera si la llamaban vieja porque vieja era la ropa y no las personas, ella era anciana, pero no vieja.
También sé que una vez confesó a su nieta que lo que más ilusión le hubiese hecho en su vida era cortarse el pelo, el cual sujetaba con una trenza larguirucha y mermada que recogía en un moñete. Los pelos que le iban cayendo cuando se peinaba los enroscaba pacientemente entre los dedos y los guardaba en una cajita para colocárselos en las ocasiones señaladas y ocultar la transparencia que se evidenciaba entre el escaso pelo y el cuero cabelludo, disimulando así su alopecia senil con singular coquetería.
( foto de la familia Martín de Béjar, las dos matriarcas con su prole)


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