Durante muchos años este fue el medio de locomoción familiar. La moto de mi padre era una imagen cotidiana en el tráfico local del Vigo de entonces. Por la mañana, para ir al colegio. A la tarde noche nos trasladabamos los cuatro en ella desde la calle Carral, donde mis padres tenían la peluquería, hasta la Salgueira pasando por Colón, la Gran Via, Plaza de España y Mantelas. Mi hermano iba tras el conductor y en el sidecar, aunque sólo permitía una plaza, íbamos mi madre y yo.
Cada vez que mi padre avistaba a la autoridad y gritaba: "Guardia", yo me deslizaba sobre las piernas de mi madre con agilidad y rapidez. Entonces me ocultaba con un hule plastificado que servía al viajero del sidecar de parapeto protector contra el viento y el frío.
Era un juego muy gratificante burlar a la autoridad en pleno consenso y complicidad familiar.
Lejos quedaron aquellos tiempos de feliz transgresión de los actuales cintos de seguridad y de las supersillas para niños.

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